Fiuum. Olor a humo. Se apagó la vela. Deseo pensado y deseo pedido. Tienes trocitos de cera verde en las uñas.
- ¿Qué pediste?
- Ah, es un secreto. Si te lo digo no se cumplirá.
Te pones a jugar con la cera verde de las uñas, haces una bolita redondísima.
-Tardaste mucho en pensarlo.
Aplastas la bola. No es eso. Hueles el humo mezclado con el olor a nata de pastelería. Es que necesitas muchas cosas, es que sufres por muchas cosas, es que tú no tienes una flor en el culo como los otros. Lo jodido es encontrar algo que no quieras.
No recuerdas a qué edad empezaste a desear, no recuerdas cuantas velas fueron sopladas y cumplidas… Lo que sí tienes muy claro son aquellas que siguen aún encendidas y que te desvelan a la hora de dormir. Esos deseos insatisfechos vienen a tu mente, la ocupan y no dejan que descanses. En una sociedad del bienestar en la que tener sueños y anhelos es casi lo más importante, cada vez más personas sufren de insomnio. Porque no hay deseo sin necesidad, sin privación, sin sufrimiento. Soplas la vela, se apaga con facilidad y estás satisfecho…un rato. ¿Qué sientes hacia el pan tumaca tras media hora tragando aceite, pan y tomate? Te has hartado. Ahora quieres un café. Lo tomas. Te hartas. Y te quieres echar la siesta. Duermes. Te hartas. Te apetece echar un polvo con quien se deje. Te corres. Te hartas. Y quieres estar solo… Para pensar en qué es lo que quieres ahora.
Schopenhauer define al hombre como “el único animal que se pasa la vida deseando”. Me encanta. Dice algo así como que el deseo dura largo tiempo, las exigencias son infinitas, el goce es corto y mezquinamente tasado. Me aterra.


