
Un grito rojo, un clamor rojo de gritos sofocados. En un paisaje urbano que hace honor al título, dos ríos de gente van en sendas direcciones marcadas por las calles,
como si los individuos de un torrente no tuvieran nada que ver con los del otro
y los de cada río sólo tuvieran en común que van en la misma dirección.
Todos avanzamos a paso rápido e inclinados hacia delante, como abatidos por el peso de alguna culpa o quizá hipnotizados por una creencia común…
En primer término (siempre) se repite la situación, sólo que de una manera más confusa:
la multitud ya no se encauza en las calles y su entrecruzamiento parece tener algo de sobrenatural, da la impresión de que los cuerpos se ínter penetran. Pero sin conocerse, siempre sin conocerse…
¿Y en el segundo término? Los nadies. Una de estas figuras de negro parece surgir de la cabeza de la figura más grande del primer término, y otra, en color verdoso claro, se diría que emerge del capó de la furgoneta, dejando ver a través suyo el bordillo de la acera. No hay distinción alguna: todos son Metrópolis.
En cualquier caso, todas las figuras, todos,
todos tenemos algo de fantasmal…
Y a tí, sí, a tí… Me gustaría ver de nuevo tus ojos y preguntarte, ¿por qué camino vas?
Querría acompañarte un rato…



[...] televisor; la radio posee algo mágico y especial, es uno de los pocos lugares que quedan en esta Metrópolis donde aún cabe lo no visto, los silencios y las historias. UN LUGAR PARA LA [...]