Pastila de canela, pollo y almendras en el Valle de las Rosas; lentejas y hospitalidad bereber; rico pescado y el mejor chocolate en Essauira; Marrakech y la plaza donde confluyen las vidas de los hombres; una casita del árbol en el valle del Dadés; conducir un Fiat Panda por pistas por donde cruzan los ríos del Atlas; dormir en una antigua kasba del oasís de Agtz; salvajes playas del Atlántico; amanecer en el Sáhara….
Pequeños trazos de Marruecos que, como el jabón negro del hammam, exfolian y limpian el corazón. Tenemos mucha piel muerta encima y es necesario frotar, sacudirse la suciedad y el cansancio. El alma tiene contracturas que se calman con el silencio y el abrazo sin prisa.
Me encontré con mucha gente en este viaje cuya mayor aspiración era ser feliz y estar con los suyos DE VERDAD. Ah… Pero para eso hace falta renunciar a muchas cosas (o en la mayoría de los casos no haberlas tenido nunca). ¿Estamos dispuestos? Un viaje a un país exótico, un vestido comprado en Lavapiés o comprar tomates ecológicos no son más que la confirmación de que para que nuestro sistema funcione tiene que haber una pequeña parcela de “rebeldía” inocua que nos hace sentirnos únicos. Esa sensación de que estamos en una película y el resto del mundo son sólo actores-turistasimbéciles-gentesinnadaenlacabeza es la pieza maestra del mecanismo.
La gente se arregla todos los días el pelo, ¿por qué no el corazón?
Yo… casi siempre….no sé muy bien cómo hacerlo.


