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El enigma del deseo - Salvador Dalí

El enigma del deseo - Salvador Dalí

Estoy temblando sin motivo aparente. Todo va bien, tengo fresas en la nevera, trabajo (dos), un gato macarra, unos amigos con los que poder quedarme callada por las tardes, la mejor compañía en el lado derecho de mi cama, me gustan mi cara, mis pies y mis tetas, vivo sola en una casa vieja y grande, tengo una maceta llena de lirios florecidos, acabo de venir de ver (gratis)  danza isreaelí maravillosa, mi mejor amigo me ha invitado a cenar en un japonés y me estoy tomando un té de canela.

Entonces, ¿por qué parezco un flan?  A veces me gustaría vomitar, como hace mi gato Kyro con la comida. No son pensamientos, ni sentimientos, ni sensaciones, ni nostalgias.  Estoy nerviosa, la mesa no para de moverse. Es algo mucho más profundo pero tan básico como sus bolas de pescado. Es la insatisfacción vital que siempre he buscado y deseado; que (justo por eso) ahora me encantaría vomitar.  Por mucho que todo vaya bien siempre podría ir mejor, siempre habrá conversaciones inesperadas en la calle del Círculo de Bellas Artes, recetas de cocina que mirar en la web de Arguiñano, orgasmos desconocidos, pueblos de Cuenca que aún no visité y nuevas pelis en blanco y negro de esas que me pongo los martes por la noche.

Deseo que el puzzle siga (siempre) incompleto. Pero, joder, hoy aplastaría las piezas raras en el marco hasta que entraran los cachitos en los huecos. Por mis santos ovarios que las encajaría todas.

Y sí, el día de hoy será siempre y claramente distinto al de mañana. Pero eso en cierto modo  hace que hoy sea también igual a mañana. Porque siempre hay que volver a empezar…

Mi día es contingente por necesidad.

Y no quiero otra cosa.

Pero estoy incompleta.

E inquieta.

Soy una insaciable máquina de desear.

Y quiero saciarme.

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El tiempo no existe. El tiempo sólo son las cosas que te pasan, por eso pasa tan deprisa cuando a uno ya no le pasa nada. Después de Reyes, un día notarás que la luz dorada de la tarde se demora en la pared de enfrente y apenas te des cuenta será primavera. Ajenos a ti en algunos valles florecerán los cerezos y en la ciudad habrá otros maniquíes en los escaparates. Una mañana radiante, camino del trabajo, puede que sientas una pulsión en la sangre cuando te cruces en la acera con un cuerpo juvenil que estalla por las costuras, y un atardecer con olor a paja quemada oirás que canta el cuclillo y a las fruterías habrán llegado las cerezas, las fresas y los melocotones y sin saber por qué ya será verano. De pronto te sorprenderás a ti mismo rodeado de niños cargando la sombrilla, el flotador y las sillas plegables en el coche para cumplir con el rito de olvidarte del jefe y de los compañeros de la oficina, pero el gran atasco de regreso a la ciudad será la señal de que las vacaciones han terminado y de la playa te llevarás el recuerdo de un sol que no podrás distinguir del sol del año pasado. El bronceado permanecerá un mes en tu piel y una tarde descubrirás que la pared de enfrente oscurece antes de hora. Enseguida volverán los anuncios de turrones, sonará el primer villancico y será otra vez Navidad. La monotonía hace que los días resbalen sobre la vida a una velocidad increíble sin dejar una huella. Los inviernos de la niñez, los veranos de la adolescencia eran largos e intensos porque cada día había sensaciones nuevas y con ellas te abrías camino en la vida cuesta arriba contra el tiempo. En forma de miedo o de aventura estrenabas el mundo cada mañana al levantarte de la cama. No existe otro remedio conocido para que el tiempo discurra muy despacio sin resbalar sobre la memoria que vivir a cualquier edad pasiones nuevas, experiencias excitantes, cambios imprevistos en la rutina diaria. Lo mejor que uno puede desear para el año nuevo son felices sobresaltos, maravillosas alarmas, sueños imposibles, deseos inconfesables, venenos no del todo mortales y cualquier embrollo imaginario en noches suaves, de forma que la costumbre no te someta a una vida anodina. Que te pasen cosas distintas, como cuando uno era niño”.

MANUEL VICENT 04/01/2009

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huelga de realidad

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Fiuum. Olor a humo. Se apagó la vela. Deseo pensado y deseo pedido. Tienes trocitos de cera verde en las uñas.

– ¿Qué pediste?

– Ah, es un secreto. Si te lo digo no se cumplirá.

Te pones a jugar con la cera verde de las uñas, haces una bolita redondísima.

-Tardaste mucho en pensarlo.

Aplastas la bola. No es eso. Hueles el humo mezclado con el olor a nata de pastelería. Es que necesitas muchas cosas, es que sufres por muchas cosas, es que tú no tienes una flor en el culo como los otros. Lo jodido es encontrar algo que no quieras.

No recuerdas a qué edad empezaste a desear, no recuerdas cuantas velas fueron sopladas y cumplidas… Lo que sí tienes muy claro son aquellas que siguen aún encendidas y que te desvelan a la hora de dormir. Esos deseos insatisfechos vienen a tu mente, la ocupan y no dejan que descanses. En una sociedad del bienestar en la que tener sueños y anhelos es casi lo más importante, cada vez más personas sufren de insomnio. Porque no hay deseo sin necesidad, sin privación, sin sufrimiento. Soplas la vela, se apaga con facilidad y estás satisfecho…un rato. ¿Qué sientes hacia el pan tumaca tras media hora tragando aceite, pan y tomate? Te has hartado. Ahora quieres un café. Lo tomas. Te hartas. Y te quieres echar la siesta. Duermes. Te hartas. Te apetece echar un polvo con quien se deje. Te corres. Te hartas. Y quieres estar solo… Para pensar en qué es lo que quieres ahora.

Schopenhauer define al hombre como “el único animal que se pasa la vida deseando”. Me encanta. Dice algo así como que el deseo dura largo tiempo, las exigencias son infinitas, el goce es corto y mezquinamente tasado. Me aterra.

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