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Posts Tagged ‘soledad’

faceglass

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Blancanieves se despide  de los siete enanos

Prometo escribiros, pañuelos que se pierden en el horizonte, risas que palidecen, rostros que caen sin peso sobre la hierba húmeda, donde las arañas tejen ahora sus azules telas. En la casa del bosque crujen, de noche, las viejas maderas, el viento agita raídos cortinajes, entra sólo la luna a través de las grietas. Los espejos silenciosos, ahora, qué grotescos, envenenados peines, manzanas, maleficios, qué olor a cerrado, ahora, qué grotescos. Os echaré de menos, nunca os olvidaré. Pañuelos que se pierden en el horizonte. A lo lejos se oyen golpes secos, uno tras otro los árboles se derrumban. Está en venta el jardín de los cerezos.

Leopoldo María Panero

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¿Qué puede hacer una cabina telefónica en el medio de la nada? Al igual que cuando cae un árbol en mitad del bosque, ¿suena el teléfono si no hay nadie para oirlo?

A 24 kilómetros de la carretera asfaltada más próxima, al lado de una sucia carretera que se pierde en el desierto de Mojave hay un lugar en el que no hay nada y los “edificios” más cercanos son unas cuantas caravanas y chozas, a unos 8 kilómetros. En ese lugar hubo un tiempo en el que un teléfono no dejaba de sonar. A finales de los 90,  su rareza y soledad cautivaron a no pocos y fue cuando la cabina se convirtió en todo un fenómeno en internet y se puso de moda llamar a su número para ver si alguien contestaba.

El descubridor de la cabina fue un tal Mr. N. en 1997. Mr. N estaba un día mirando un mapa de carreteras de Mojave cuando descubrió un símbolo de teléfono. Mr. N se hizo la misma pregunta que luego se harían muchos: ¿Qué puede hacer una cabina en medio del desierto? ¿No será un error? Algo incrédulo, decidió desplazarse desde su casa en Los Angeles hasta aquel lugar y salir de dudas. Y en efecto, cuando llegó al lugar comprobó que allí, en medio de la nada, la cabina existía.
Parece que la cabina no siempre había estado tan sola. En los 60 en las proximidades de la cabina había una mina y fue esa mina la que animó a la compañía telefónica a poner la cabina allí. Para cuando Mr. N la descubrió, la mina ya no estaba y los mineros tampoco, pero la compañía de teléfonos de la zona, Pacific Bell, la mantenía operativa. Los escasos habitantes que vivían en la zona disponían de una cabina en la que rara vez había colas.
Mr. N envió una carta al fanzine Wig Out! para compartir su hallazgo y el principal logro de su viaje, el número de teléfono de la cabina, 619-733-9969. La revista casualmente llegaría a manos de Godfrey Daniels, que quedó fascinado por la existencia de la cabina. Lo primero que hizo fue llamar al número, como era de esperar nadie cogió el teléfono. Aunque Daniels no desesperó y decidió seguir probando suerte. Llamaba cada día y grababa sus llamadas por si alguien contestaba.
Su insistencia tuvo premio y tras un mes de llamadas  obtuvo la señal de comunicando. La emoción se adueño de él y no dejó de pulsar el botón re-llamada en los instantes siguientes. A los 3 minutos el teléfono dio la señal de sonando y una mujer contestó, se llamaba Lorene Caffee. Lorene trabajaba en la mina de cenizas volcánicas que su familia había gestionado desde 1948, la mina estaba cerca de la cabina, y no tenía teléfono propio. Lorene explicó a Daniels que tampoco tenían electricidad y tenían que usar generadores, para ir a recoger el correo tenían que desplazarse más de 80 kilómetros. Pese a todas estas incomodidades, Lorene decía estar encantada de vivir allí. Pero tras haber conseguido que alguien contestara al teléfono, la obsesión de Daniels por la cabina creció y decidió visitarla. Comprobó que la cabina no tenía el mejor aspecto posible, los cristales ya no estaban y su estructura tenía unos cuantos agujeros de bala. El cajetín de las monedas hacía tiempo que había sido retirado, por lo que sólo era posible recibir llamadas o hacer llamadas de larga distancia con tarjeta de crédito. (más…)

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Un grito rojo,  un clamor rojo de gritos sofocados. En un paisaje urbano que hace honor al título,  dos ríos de gente  van en sendas direcciones marcadas por las calles,

como si los individuos de un torrente  no tuvieran nada que ver con los del otro

y los de cada río sólo tuvieran en común que van en la misma dirección.

Todos avanzamos a paso rápido e inclinados hacia delante, como abatidos por el peso de alguna culpa o quizá hipnotizados por una creencia común…

En primer término (siempre)  se repite la situación, sólo que de una manera más confusa:

la multitud ya no se encauza en las calles y su entrecruzamiento parece tener algo de sobrenatural, da la impresión de que los cuerpos se ínter penetran. Pero sin conocerse, siempre sin conocerse…

¿Y en el segundo término? Los nadies.  Una de estas figuras de negro parece surgir de la cabeza de la figura más grande del primer término, y otra, en color verdoso claro, se diría que emerge del capó de la furgoneta, dejando ver a través suyo el bordillo de la acera. No hay distinción alguna: todos son Metrópolis.

En cualquier caso, todas las figuras, todos,

todos tenemos algo de fantasmal…

Y a tí, sí, a tí… Me gustaría ver de nuevo tus ojos y  preguntarte, ¿por qué camino vas?

Querría acompañarte un rato…

George Grosz, Metrópolis (1916-1917).  (“La Vanguardia y la Gran Guerra”, en la Fundación Caja Madrid hasta mediados de enero, entrada gratuíta)

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Eduardo Galeano

La noche

1

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

2

Arránqueme, señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desnúdeme.

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