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“The Sandman”… Inglaterra de 1991, Paul Berry.

Animador y colaborador del director Tim Burton en Pesadilla antes de navidad”, Paul Berry fue nominado al Oscar en 1991 por este corto. En ella se narra una leyenda alemana, en la que un personaje nocturno (El hombre de arena o El arenero), ingresa a las habitaciones de los niños para lanzarle arena a los ojos y sacárselos después.

Desarrollada bajo la técnica de Stop-motion, Berry logra de manera magistral atrapar el espíritu la historia, creando una atmosfera lúgubre, donde el color intenso choca con el claro-oscuro a modo de inocencia infantil y miedo primario. Con un estilo marcado, el diseño de los personajes es formidable, sobre todo el del Hombre de Arena.

Paul Berry, quien falleciera muy joven en el 2001, nos regala un trabajo que ya es de culto y que sigue influenciando a la nueva generación de animadores.

¿Hay alguna bondad en lo siniestro?

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“RECORDAR: del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón.” E.Galeano

Noche en Damasco…

Son las siete. En Damasco anochece pronto. Es el momento de que saques el mechero y quemes esa guía tan “informativa” que parece tu tercer brazo, tu pequeño Gran Hermano. Quémala de hecho o de metáfora, pero quémala.

A la noche de Damasco hay que llegar sin prisas y con ganas de perderse. Disfrutar de las callejuelas que no llevan a ninguna parte, de los arcos repletos de banderines, de la luz ocre de las farolas, de los puestos de zumo de naranja.

Sin prisa y con toda la calma del mundo. Nadie te molestará. Los restaurantes están abarrotados hasta la medianoche, después es el momento de té, la danza y los narguiles. A los sirios les encanta bailar, tocar la pandereta, recitar sus cuentos sin edad. A los sirios les gusta contar, les gusta que les cuenten, les gusta charlar y también estar en silencio.

La noche está llena de bicicletas dormidas y de agua que gotea en las fuentes (con el vaso de metal apoyado en la piedra). Burbujea la fiesta en las casas. Esta ciudad es la de los cuentos de las Mil y una Noches. Esta sí. Nadie te molestará. En uno de los cuentos del libro, el sultán encarga a un mercader encontrar la historia más maravillosa jamás contada. Los esclavos salen a buscarla y finalmente uno la encuentra: está en Damasco, en la boca de un hombre que borbotea cuentos todas las noches. Se llama Abu Shadi y es el último de los grandes contadores de historias.

Salgo a buscarle.

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Se conocieron

“Se conocieron en un pueblecito de Ávila, el mismo de sus cuatro padres y sus ocho abuelos. Jugaron juntos en la infancia con pájaros y piedras y palos, pasaron su adolescencia juntos bailando año tras año en cada fiesta con orquesta hasta que al fin, con 18 otoños (ella) y 19 inviernos (él), en el blando viento de un prado aledaño, se dieron su primer beso. Al poco se casaron, en la misma Iglesia de sus cuatro padres y sus ocho abuelos, la única del mismo pueblecito de Ávila. En su casa de adobe criaron juntos ovejas y pavos y vacas y burros y arrugas y nada más: ella no podía tener hijos. O él. Nunca lo supieron.

Al cumplir los 74 (ella) y los 75 (él) les tocó un pellizquito en la Lotería Nacional, cosa de ná: el premio gordo de una participación que les regaló el Alcalde. Apenas un par de miles de euros. Entonces decidieron salir del pueblo por primera vez en su vida. Tras 74 años (ella) y 75 (él). Querían ver juntos la capital.

Les recogí en la Estación Sur de Autobuses. Me contaron su historia agarrados de la mano, bien juntos, como asustados. Miraban el tráfico, los ruidos de cláxon, las prisas, las corbatas, los iPods y el monóxido de carbono de Madrid como quien se topa con su primer cadáver.

Se alojarían en un Hostal del centro, por menos tiempo del que habían previsto:

– Yo me quiero volver al pueblo, Eulalia – dijo él.

– No te apures, que ya anochece – dijo ella.

Y yo no pude ni supe decir nada durante el resto del trayecto”.

Ni libre ni ocupado

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